Coherencia emocional

El equilibrio entre CUERPO-MENTE-PSIQUE es fundamental para nuestro bienestar.

Nacemos provistos de este equilibrio, y a medida que crecemos, nos vamos alejando cada vez más de nuestra coherencia y nos vamos convirtiendo en aquello que pensamos que los demás esperan de nosotros, olvidando por completo todo lo que somos.

¿Cuántas veces has hecho algo que no te apetecía, pero por satisfacer a otra persona has consentido? ¿Cuántas de esas veces te has decepcionado por no ver en la otra persona la respuesta que esperabas?, y al decepcionarte, ¿cuántas veces has terminado discutiendo? Seguramente, más de las que te hubiera gustado. ¿cuánto daño te has causado por todo ello? Tal vez, si lo piensas bien, bastaba con tomar otra decisión, con decir que no, con aceptar que nuestras decisiones no siempre gustan a los demás, o que el hecho de hacer algo por alguien no implica que esa persona esté en deuda con nosotros, al fin y al cabo, fue elección tuya, no suya.

Pensar, hacer y decir, con coherencia, puede que nos enfrente con muchas cosas. Puede que tu pareja no entienda porque no quieres ir de compras, o que tu familia se enfade y te critique si decides no asistir a la cena de Navidad. Que en tu trabajo ya no seas tan competente porque no te quedas una hora más, o que hayas decidido quedarte en casa y no salir el día de una celebración por parte de alguna amistad. Estos, son sólo algunos ejemplos de lo que puede suponer la fidelidad a uno mismo, a nuestros pensamientos, a nuestras emociones, a no hacer ni decir aquello que nos sitúe en un conflicto emocional.

Esto no significa que tengamos que ir por la vida con un «lanzallamas», quemando todo lo que no nos guste (por muy tentador que sea a veces), ni tampoco lastimando a todo el mundo para imponer tus criterios y tus decisiones, si haces eso seguirás estando en conflicto contigo mismo, ya que te estarás posicionando en el polo opuesto. Se trata de equilibrar, se trata de vivir todas las situaciones desde una comprensión y de forma consciente.

Por ejemplo: 

“Tu pareja te pide que le acompañes a la cena de empresa. A ti no te hace ninguna gracia, ya has asistido a otras y no te divertiste, además, no conectaste con nadie en la última ocasión. Cuando te lo propone, te quedas pensando en el cansancio que llevas y en las ganas que tenías de que llegara el sábado para poder descansar, ha sido una semana dura de trabajo. Por si eso fuera poco, piensas que este mes os habéis pasado del presupuesto y que asistir tú también va a suponer el doble de gasto. Aun así, le dices que sí. Y se lo dices, recordando que dentro de tres semanas tú tienes también una cena y quieres que te acompañe. Esto último es lo que más te condiciona para asistir. Llega el día de la cena y tu apatía va en aumento. Cuanto más se acerca la hora, menos ganas tienes tú. Piensas en que podrías inventarte para tener una excusa y no ir. Al final tienes que ir, has dado tu palabra, – y yo soy una persona de palabra- (¡que buen argumento!, como si no estuviera permitido cambiar de opinión, ¡con lo sano que es!). Sales de casa con tu mejor modelo, tu mejor perfume, y tu mejor cabreo, que por mucho que intentes disimular, tú sabes que está ahí, y que no tiene la más mínima intención de marcharse. A partir de ese momento toda tu noche (y la de tu pareja, como daño colateral) va a ser un sufrimiento constante. No te gustará el sitio, la comida tampoco, la gente menos, y cuando tengas ocasión, algo te molestará de tu pareja para motivar tu enfado y justificar así tu actitud”.

A partir de ahí todo puede pasar, la discusión, el reproche, el “y tú más…”, llegando incluso a no saber ni tú ni tu pareja el motivo por el que estáis discutiendo. 

Decir: «Cariño, no me apetece acompañarte», con amor, con respeto (hacia ti y hacia los demás), puede herir a la otra persona, puede que no le guste, pero lo entenderá, más tarde o más temprano lo hará (y si no lo hace, será su problema), y será mucho más fácil que sufrir por no entender que te pasa.

Date cuenta, de que nuestras decisiones siempre afectan a nuestro entorno, y no sólo cambian sus circunstancias, también cambia el ambiente emocional vivido.

 

Escrito por May Artillo.